Argelia deja de mandar gas a Europa por Marruecos. Rusia prioriza a China ¿Es hora de un plan Marshall para las renovables y el coche eléctrico en Europa?

En las últimas semanas estamos siendo testigos de varios eventos que nos avisan de que estamos haciendo algo mal en Europa a nivel energético. A pesar de nuestros grandes recursos y tecnología en renovables, seguimos siendo fuertemente adictos al petróleo y al gas. Algo que se está comenzando a convertir en un grave problema que puede desencadenar una nueva grave crisis.

Por un lado estamos viendo como el coste de la electricidad se ha disparado por culpa de factores como el sistema eléctrico donde la tecnología más cara marca los precios. Y esa tecnología es curiosamente el gas, que entra en acción incluso cuando no hace falta. Algo que junto con las cuotas de emisiones ha provocado una subida brutal de los precios de la electricidad con el impacto en el bolsillo de los consumidores y la pérdida de competitividad de nuestras empresas.

Por otro lado además de la subida del precio, estamos viendo como la dependencia externa del gas supone una amenaza cada vez mayor. Esta pasada semana veíamos como Argelia anunciaba el final del envío de gas por su conducto de Marruecos. Una disputa política y territorial que limitará el envío al conducto que pasa por la propia Argelia. Por suerte desde el país africano se ha indicado que el suministro está garantizado, de momento.

A esto se añade el más preocupante cambio en la política comercial de Rusia, que ha comenzado a destinar una mayor cantidad de gas a China. Un mercado que paga más y que se está llevando una parte cada vez mayor de la producción rusa en un movimiento también con componentes geopolíticos, ya que menos gas a Europa supone menos gas por Ucrania, con la que Rusia tiene un grave conflicto en marcha. Todo esto ha provocado una subida de los precios a la espera de que se complete la gran esperanza de Europa, la conexión Nord Stream 2, que aún no se ha completado, y que une Rusia y Alemania. Pero aunque tengamos una conexión directa, si China paga más…lo tendremos complicado.

Ahora a todo esto se suma la sed de gas del resto de potencias asiáticas, como Corea del Sur, y Japón están dispuestos a pagar también mucho más que nosotros, atrayendo incluso los suministros almacenados en los tanques españoles. La demanda de GNL en Asia seguirá siendo fuerte durante el resto del año, sostiene Mark Gyetvay, director ejecutivo adjunto del productor ruso de GNL Novatek PJSC, durante una rueda de presa.

Esto deja a Europa en una delicada situación donde el suministro no está garantizado, y donde las reservas dependerán de la dureza del invierno. Un invierno más frío supondría más demanda, y por lo tanto habrá precios más elevados y menos cantidad a repartir entre los países.

Desde Bloomberg se indica que la situación podría aliviarse en la última parte del año con los envíos desde Estados Unidos, Australia o Omán.

Pero como vemos, aunque logremos solucionar el problema del suministro, seguiremos en un escenario donde el precio posiblemente no baje por la fuerte presión de los mercados.

La alternativa, las renovables

Una situación que genera gran incertidumbre en un mercado que cuenta con recursos y conocimientos como para expandir las energías renovables como una alternativa viable ya a corto plazo.

Pero la inversión está siendo mucho más baja de lo que requiere una situación tan peligrosa para los intereses de Europa. Por ejemplo, en el conjunto de los estados miembros la penetración de renovables apenas ha avanzado un 3.4% entre 2019 y 2020. Una cifra muy desigual entre los diferentes mercados, pero que nos muestra que la cuestión no se ha tomado realmente en serio por las autoridades europeas.

En España el crecimiento tampoco ha sido para tirar cohetes. A pesar de nuestros enormes recursos, el crecimiento ha sido del 12% respecto a 2019. Cifra que ha permitido que en 2020 el 44% de nuestra energía se haya producido mediante renovables.

El Plan de Europa

A la vista de que las renovables pueden ser una gran inversión para reducir la dependencia energética, las emisiones e incentivar el trabajo, la Unión Europa ha puesto en marcha un plan que regará de millones a los estados para la instalación de energías renovables. Un proyecto que llega con más de una década de retraso, y que supondrá inyectar unos 75.000 millones de euros al año para la expansión de las fuentes limpias. Una cifra que se dividirá entre ayudas directas y préstamos a devolver.

Una cifra que podemos comparar con los 112.000 millones de euros al año que se gastan en subsidios a la industria de los combustibles fósiles según los datos del Instituto para el Desarrollo Exterior (ODI).

Esto nos da una muestra de la poca ambición y visión con la que Europa está tratando un aspecto como es la transición energética que supondrá reducir las importaciones de gas y petróleo exteriores, para apostar por un modelo de autosuficiente donde tanto la producción eléctrica como la movilidad serán más limpias.

Las administraciones públicas, un freno

Algo para lo que hará falta no sólo fondos, sino una mínima intervención de las administraciones públicas, principalmente las regionales y locales, que en el caso de España vemos como viven ignorando el problema socio-económico y ambiental de la dependencia energética, sin poner en marcha agresivas medidas que logren capilarizar la red eléctrica con instalaciones de autoconsumo en viviendas y empresas.

Y es que se da el caso de que incluso en miles de municipios de España, la normativa local impide la instalación de paneles solares en el tejado de millones de viviendas. No sólo no dan incentivos, como ayudas directas o reducción del IBI, o se pone en práctica la obligación de instalar en nuevas construcciones, sino que prohíben explícitamente la instalación de elementos como paneles fotovoltaicos. Todo con el argumento de proteger la uniformidad visual de los tejados, principalmente en las zonas históricas. Unas zonas donde luego se levantan edificios públicos que rompen totalmente esa presunta uniformidad de forma impune.

Una medida ciertamente cuestionable frente a los muchos beneficios que supone el poder integrar estas instalaciones y permitir reducir los costes energéticos de sus vecinos.

Un ejemplo lo podemos ver en mi ciudad, Santiago de Compostela. Allí el ayuntamiento nos ha negado la posibilidad de instalar placas solares en la casa de nuestros familiares, situada en la zona de influencia del casco histórico. Pero mientras tanto podemos ver al lado algunos engendros de construcción moderna que rompen totalmente la estética y que podemos ver en el mapa. Algunos sangrantes como el Museo de las Peregrinaciones, antiguo Banco de España, que está puerta con puerta con la Catedral de Santiago.

La intervención pública

No solo incentivos y regulación pública que ayude a aumentar las instalaciones. También será necesario regular aspectos como el funcionamiento del sistema de compensación de excedentes, actualmente en marcha pero claramente insuficiente.

Y es que un cliente que quiera aprovechar la energía del día, mientras esté en el trabajo, para consumir por las tardes o las noches, debe primero superar un difícil proceso burocrático donde los comerciales no saben ni de que se les está hablando. Una vez pasado los filtros, es necesario recopilar una serie de información, que está en manos de las eléctricas, para que estas nos den el visto bueno. Algo que en algunos casos puede eternizarse.

Luego está el precio de compra de esos excedentes. Un coste irrisorio que no llega al precio de venta durante la tarifa más económica de las eléctricas, que obliga a los clientes a producir una importante cantidad para compensar su consumo. Luego tienen que pagar los costes fijos e impuestos que no se tienen en cuenta en su balance, aunque este haya sido muy superior al consumo de ese mes.

Un negocio redondo para las eléctricas que aprovechan millones de kWh gratis, o a muy bajo precio, que luego revenden al precio de mercado. Un precio que como vemos, es cada vez más alto.

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