La transición energética será un equilibrio muy delicado entre oferta y demanda de materias primas y productos finalizados

La década de 2020 a 2029 será crucial en el sector del automóvil, hay una enorme revolución en ciernes. Vamos a pasar de la era del motor de combustión a la del eléctrico. Esta vez ya no son iniciativas puntuales ni experimentos de ingeniería, la mayoría de los fabricantes van a abandonar los motores tradicionales, y eso a nivel industrial es una ola que arrasará lo establecido.

Este cambio tan acelerado tiene implicaciones enormes en el mercado de las materias primas. Hay que construir motores eléctricos, baterías, cargadores, placas solares, molinos de viento, microchips por doquier… Sí, son menos piezas, pero con materiales un poco más complejos, valiosos, y, a veces, escasos.

De acuerdo a BloombergNEF, la transición energética tendrá un coste global de 173 billones -con b- de dólares hasta el 2050. Cuando culmine ese proceso, las energías renovables podrán suplir en torno al 85% de la demanda energética. Para esas fechas prácticamente no habrá producción de motores convencionales, al menos en coches matriculables en países desarrollados.

Para que la transición sea posible hace falta que la industria de materias primas sea capaz de atender la enorme demanda de cobre, cobalto, níquel, acero, litio, polisilicona, silicio, aluminio, fibra de carbono, plásticos, polímeros y un largo etcétera. Si la demanda se atasca en algún momento eso implica un repunte en precios.

No solo hay que confiar en que la industria de las materias primas sea capaz de atender la demanda, también tienen que mejorar los procesos de reciclaje para cerrar la cadena de valor. En otras palabras, que los materiales que han sido desechados vuelvan a convertirse en materias primas para volver a empezar. También entran en juego consideraciones éticas: ¿de dónde salen las materias primas? ¿Se cumplen los Derechos Humanos de los mineros? ¿Son países en conflicto?

En artículos recientes hemos visto iniciativas para potenciar el reciclaje. Redwood Materials va a convertirse en un gran suministrador de componentes de baterías aprovechando las que han terminado su vida útil. Por otro lado, tenemos a Lilac Solutions, que promete grandes incrementos en la eficacia de la obtención de litio y causando menos daño al medio ambiente.

Aunque a más de uno le gustaría hacer una transición mucho más rápida, hay plazos que son ineludibles. Por ejemplo, los fabricantes de vehículos y de componentes tienen que encargar los materiales con mucha antelación, más de un año, o dos, o tres. Hay que hacer los deberes del mañana hoy, o la disponibilidad de materiales no estará garantizada.

En la década pasada hubo políticos que hicieron previsiones totalmente irreales en base al siroco que les dio una mañana, como el ministro de Industria, Turismo y Comercio de España que tan olvidado quedó, Miguel Sebastián, profetizó en 2008 que en 2014 habría un millón de coches eléctricos en España. Eso no ha ocurrido ni en 2021. Angela Merkel hizo otra de esas, en 2011 dijo que pasaría en Alemania lo mismo en 2020. Pues tampoco.

Uno de los principales cuellos de botella está en la oferta, ya no solo de materias primas, también en la industria secundaria que realiza la transformación a productos. Se va incrementando la capacidad a un ritmo endiablado, pero la industria secundaria depende de la primaria. Por otro lado, la demanda. Cuando se alcance la paridad en precios con los térmicos, los eléctricos se dispararán en ventas.

Por lo tanto, la carrera hacia la transición energética implica que se mantenga un delicado equilibrio entre lo que la industria puede ofrecer y la demanda de la clientela. Esa demanda puede verse más o menos espoleada por las políticas públicas. Por ejemplo, si el Gobierno de España pone los peajes electrónicos en 2024 y llevar coches sin distintivo ambiental cuesta un riñón… algunos acelerarán el cambio de coche eléctrico porque estarán exentos (al menos, un tiempo).

Y todo eso en un escenario en el que no haya alguna disrupción importante. Por ejemplo, ahora mismo hay escasez de microchips a nivel mundial, las materias primas de los mismos sobran pero no tanto los productos intermedios. Un terremoto, inundación u otro tipo de desastre puede afectar gravemente a un proveedor y atascar la cadena entera. Para muestra, un botón, Renesas en Japón, un incendio en uno de sus edificios provocó otro cuello de botella.

Nos guste o no, la transición es necesaria, pero también es inevitable, y a un ritmo que sea sostenible. Para frenar el cambio climático antropogénico se tienen que reducir drásticamente las emisiones de efecto invernadero. Cuanto más se tarde en hacer la parte dolorosa, más dolorosa e intensa será esta, pero acabará ocurriendo. Quedan menos de 30 años, y si pensamos en ello, no es precisamente mucho tiempo para un cambio tan importante.

Compártelo: