Los autobuses de hidrógeno se convierten en un fiasco en Francia: millones de euros perdidos y vehículos abandonados

Los autobuses de hidrógeno llegaron a Europa como una alternativa más limpia para el transporte público; varios ayuntamientos que apostaron por ellos se enfrentan ahora a problemas que complican su funcionamiento; las averías, la falta de repuestos y las dificultades para garantizar el suministro están poniendo en cuestión estos proyectos.

Los autobuses de hidrógeno se convierten en un fiasco en Francia: millones de euros perdidos y vehículos abandonados

Publicado: 12/10/2026 08:11

6 min. lectura

Los autobuses de hidrógeno llegaron a las ciudades europeas con la promesa de reducir las emisiones y abaratar los costes del transporte público. Su tecnología parecía ofrecer una alternativa interesante al diésel, pero la experiencia de varios municipios franceses está dejando al descubierto los problemas que todavía arrastra esta solución.

Un reportaje de la televisión francesa TF1 ha puesto el foco en dos regiones del país, Pirineos Atlánticos y Paso de Calais, donde las averías, la falta de mantenimiento y las dificultades para garantizar el suministro de hidrógeno están comprometiendo proyectos que recibieron importantes inversiones públicas. La situación es especialmente preocupante porque algunos de estos vehículos apenas han llegado a prestar servicio.

Millones de euros invertidos en autobuses que no circulan

Los autobuses de hidrógeno se convierten en un fiasco en Francia: millones de euros perdidos y vehículos abandonados

Uno de los casos más llamativos se encuentra en Pau, donde las autoridades de transporte adquirieron una decena de autobuses de hidrógeno en 2019. Sin embargo, tres de ellos nunca llegaron a incorporarse al servicio. Cada unidad costó unos 800.000 euros, por lo que el dinero invertido en esos tres vehículos asciende a 2,4 millones de euros.

Arnaud Jacottin, presidente del sindicato de transportes Pau Béarn Pyrénées Mobilités, reconoce la dimensión económica del problema. La situación resulta todavía más complicada porque otros ocho autobuses no pueden repararse si sufren una avería, después de que el fabricante haya quebrado. La falta de respaldo industrial deja a las autoridades sin una solución sencilla para mantener operativa una flota que debía representar un paso adelante en la descarbonización del transporte público.

El municipio tendrá que sustituir estos vehículos por autobuses eléctricos, una decisión que también tiene consecuencias sobre el resto de la flota. Mientras se destinan recursos a reemplazar los autobuses de hidrógeno, no se renuevan los vehículos diésel que continúan prestando servicio. Jacottin resume el resultado como una apuesta perdida y reconoce que ya existían señales de que la tecnología todavía no estaba suficientemente madura.

El problema, por tanto, va más allá del precio de compra. Un autobús destinado al transporte público debe ofrecer una disponibilidad elevada, contar con repuestos durante años y disponer de una red de mantenimiento capaz de responder con rapidez. Cuando falla cualquiera de estos elementos, el operador no solo pierde el dinero invertido en el vehículo, sino que también tiene que reorganizar el servicio y buscar alternativas para cubrir las rutas.

Una infraestructura de hidrógeno que tampoco funciona como debería

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Las dificultades no se limitan a los propios autobuses. En Houdain, en el departamento de Paso de Calais, se instaló una estación de producción de hidrógeno que debía suministrar combustible suficiente para hacer funcionar diariamente una decena de vehículos de la red de transporte Tadao. La instalación se presentó como una pieza fundamental para garantizar el funcionamiento de la flota sin depender de proveedores externos.

Cinco años después de su puesta en marcha, la estación sufre averías recurrentes. A ello se suma otro inconveniente de peso: tanto el operador como los proveedores implicados han desaparecido, lo que dificulta encontrar una empresa dispuesta a hacerse cargo de las instalaciones y garantizar su funcionamiento. El problema es especialmente delicado porque el nuevo responsable tendría que asumir una infraestructura que no construyó y cuyo funcionamiento debe conocer antes de comprometerse a suministrar hidrógeno de forma continuada.

La consecuencia es una situación difícil de justificar desde el punto de vista económico y medioambiental. Para mantener los autobuses en funcionamiento, la red se ha visto obligada a transportar hidrógeno por carretera desde otras estaciones, en ocasiones situadas a cientos de kilómetros. Este recurso añade costes logísticos y reduce parte de las ventajas que se atribuían a una tecnología que debía facilitar un transporte público más limpio.

El caso francés pone de manifiesto que la viabilidad de los autobuses de hidrógeno no depende únicamente de que puedan circular sin emisiones contaminantes por el tubo de escape. También exige una cadena de suministro fiable, instalaciones disponibles, empresas capaces de mantener los equipos y fabricantes que garanticen repuestos y asistencia durante toda la vida útil de los vehículos.

Según el reportaje de TF1, en Francia circulan actualmente menos de un centenar de autobuses de hidrógeno y cerca de la mitad están en riesgo de ser abandonados. La cifra refleja las dificultades de una tecnología que varios municipios decidieron probar antes de que estuviera suficientemente consolidada, con un coste que ahora deben asumir las administraciones públicas.

La experiencia también vuelve a poner sobre la mesa que la mejor solución para el transporte urbano son los autobuses eléctricos a batería. Han demostrado su capacidad de trabajar en cualquier condición, y unos costes operativos muy inferiores a hidrógeno, diésel o híbridos.

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