
¿Para qué quieres 1.500 km si puedes recuperar 500 km en 5 minutos?
¿Es realmente necesario que un coche eléctrico tenga una batería y una autonomía gigantesca? Un modelo capaz de recorrer 1.500 km parece la solución definitiva, el poder ir de Cadiz a Bilbao sin parar, pero el coste es elevado tanto en precio del vehículo, como peso. ¿Sería mejor un coche con menos autonomía, más ligero, barato, pero con carga ultrarrápida?

Hay un debate que cada vez resulta más interesante a medida que avanzan las baterías y la infraestructura de carga: ¿qué sería mejor, un coche eléctrico capaz de recorrer enormes distancias, aunque necesitase bastante tiempo para volver a cargar, o uno con unos 500 km de autonomía que pudiera recuperar prácticamente toda su batería en apenas cinco minutos?
A primera vista, la respuesta parece sencilla. Cuanta más autonomía, mejor. Un coche capaz de recorrer 1.500 km permitiría olvidarse por completo de los cargadores durante los viajes largos. Pero cuando se introduce en la ecuación una carga ultrarrápida de cinco minutos, la situación cambia bastante.
Imaginemos dos coches eléctricos idénticos en todo salvo en su batería. El primero dispone de una enorme capacidad que le permite alcanzar esos 1.500 km de autonomía. El segundo tiene una batería mucho más pequeña y ofrece unos 500 km, pero puede recuperar toda esa autonomía en aproximadamente cinco minutos.
En el primer caso, la principal ventaja está clara: la libertad para decidir cuándo parar. No habría que buscar un cargador durante buena parte de un viaje largo y, en muchos desplazamientos, ni siquiera sería necesario pensar en la carga hasta llegar al destino.

Esto puede tener especial importancia en zonas rurales o países donde la infraestructura de recarga todavía no sea suficientemente densa. También elimina una de las principales preocupaciones actuales de los viajes en coche eléctrico: tener que adaptar la ruta a la ubicación de los cargadores.
Pero una batería capaz de proporcionar 1.500 km de autonomía tendría que ser enorme con la tecnología actual. Hasta la llegada del electrolito sólido, para lograr 1.500 km de autonomía real necesitaremos unos 225 kWh, como mínimo. Eso significa más peso y un vehículo mucho más caro. Y hay otro problema: transportar cientos de kilos adicionales de batería también requiere energía.
El coche de 500 km plantea justamente la estrategia contraria. En lugar de llevar una batería gigantesca durante todo el viaje, se apuesta por una batería más razonable, unos 85 kWh, que ya puede complementarse con una recarga ultrarrápida disponible en el mercado, nada de promesas de futuro.
Gracias a las arquitecturas de 800V, o de 1.000V como ya se están empezando a fabricar, en apenas cinco minutos podríamos recuperar unos 500 km de autonomía. Algo que cambia por completo la experiencia. Una parada para cargar sería comparable a las pausas que ya hacemos durante un viaje para ir al baño, tomar un café o descansar un momento.
En ese escenario, la pregunta dejaría de ser cuánto tarda el coche en cargar y pasaría a ser cuánto tiempo necesitamos nosotros para hacer una parada.
El problema de los 500 km

El inconveniente es que esos 500 km no siempre serán realmente 500 km. En condiciones ideales y con una conducción eficiente, la cifra puede ser suficiente para muchos usuarios, pero en autopista, con frío, lluvia, viento, pasajeros y equipaje, el consumo puede aumentar.
Un coche que sobre el papel ofrece 500 km, incluso reales, podría tener una autonomía inferior en determinadas circunstancias. Por ejemplo, cuando bajan las temperaturas en invierno.
Aquí es donde los 1.500 km adquieren todo su sentido. No porque alguien vaya a conducir 1.500 km sin detenerse, algo que tampoco sería recomendable, sino porque una batería de semejante capacidad permitiría elegir dónde parar y cuándo hacerlo.
Con 500 km y una infraestructura de carga muy rápida, seguimos dependiendo de que exista un cargador compatible cuando lo necesitemos. Con 1.500 km, esa dependencia prácticamente desaparece.
Pero también hay que tener en cuenta que la situación podría cambiar radicalmente si las baterías continúan aumentando su densidad energética. Si en el futuro podemos almacenar mucha más energía sin multiplicar el peso y el tamaño del pack, una batería capaz de ofrecer 1.500 km podría dejar de ser una solución tan extrema como parece actualmente.

De hecho, el verdadero salto tecnológico podría no estar en elegir entre estos dos extremos. Podría estar en conseguir baterías de 400 o 500 km de autonomía capaces de recuperar 300 o 400 km en diez minutos.
Ese escenario probablemente ofrecería un equilibrio mucho más interesante. La batería seguiría teniendo un tamaño razonable, el vehículo no cargaría con un peso excesivo y las paradas serían suficientemente cortas como para que los viajes largos no resultasen especialmente diferentes a los actuales.
Por eso creo que el debate no debería plantearse simplemente como 1.500 km frente a 500 km. La pregunta realmente interesante es qué combinación de autonomía, peso, precio y velocidad de carga ofrece la mejor experiencia. Y no todo el mundo tiene las mismas necesidades.
Una batería enorme tiene la ventaja de reducir la dependencia de los cargadores, pero penaliza el peso y dispara el coste del vehículo. Una batería más pequeña puede hacer que el coche sea más ligero, eficiente y barato, siempre que tengamos una red de carga capaz de compensar su menor autonomía.
Y hay un último factor que puede inclinar definitivamente la balanza: la evolución de la infraestructura.
Es evidente que la red de carga irá cada vez a más, no a menos. Si la actual ya nos permite movernos con cierta soltura y con algo de redundancia, en 5 o 10 años el panorama será radicalmente diferente. no solo habrá más puntos, y mejor localizados, sino que las potencias habrán aumentado de forma importante.
Y a vosotros que os atrae más, ¿un coche más barato con 500 km de autonomía y carga ultrarrápida, o uno más caro, pero con 1.500 km de autonomía?


