
Hasta un 70% más autonomía gracias a esta revolucionaria batería estructural
Una nueva batería estructural desarrollada en Europa combina alta densidad y resistencia en un solo componente. Su diseño reduce peso y mejora la seguridad frente a las baterías tradicionales. A largo plazo, podría transformar el diseño y la eficiencia de los sistemas de transporte eléctrico.

Investigadores de la Universidad Tecnológica de Chalmers han presentado nuevos datos sobre lo que ya se conoce como la batería estructural más resistente del mundo, un desarrollo que podría marcar un antes y un después en sectores como el de los coches eléctricos o incluso la aviación. No es una promesa lejana: este material fue señalado por el Foro Económico Mundial como una de las tecnologías emergentes más relevantes de 2025 y ahora empieza a demostrar que no era solo humo.
La idea detrás de una batería estructural es tan sencilla como revolucionaria. No hablamos de un simple sistema de almacenamiento de energía, sino de un componente que almacena electricidad y al mismo tiempo soporta cargas mecánicas, formando parte de la estructura del producto. En otras palabras, la batería deja de ser un bloque pesado y separado para convertirse en el propio chasis, carcasa o armazón.
Según el equipo liderado por el profesor Leif Asp y la profesora Johanna Xu, esta nueva generación de materiales ha alcanzado un nivel de madurez suficiente como para ser utilizada como elemento estructural principal en aplicaciones industriales. En términos de prestaciones, se acerca a la densidad energética de una batería de iones de litio convencional, pero con una rigidez comparable a la del aluminio o incluso el titanio.

Uno de los puntos más interesantes del diseño es que prescinde de metales pesados tradicionales. La arquitectura del material se basa en un compuesto de fibra de carbono, que actúa tanto en el electrodo positivo como en el negativo. En el ánodo, la fibra funciona como refuerzo, colector eléctrico y material activo. En el cátodo, además de refuerzo y colector, sirve de soporte para el fosfato de hierro y litio.
Gracias a la conductividad natural de la fibra de carbono, se eliminan los habituales colectores de cobre o aluminio, lo que permite reducir aún más el peso total del sistema. Y aquí está una de las claves de esta tecnología: cada kilo que se ahorra en la batería se traduce en mayor eficiencia, más autonomía o ambas cosas a la vez.
A diferencia de las baterías convencionales, que utilizan electrolitos líquidos, esta batería estructural emplea un electrolito semisólido. Este componente permite el transporte de los iones de litio entre los electrodos, pero con una ventaja clara en seguridad. El riesgo de incendio o de fuga térmica se reduce de forma notable, un aspecto crítico cuando hablamos de integrar la batería directamente en la estructura de un vehículo o un avión.
Los propios investigadores reconocen que todavía queda trabajo por delante para aumentar la potencia y adaptarla a aplicaciones de alta demanda. Aun así, los resultados actuales ya son lo suficientemente sólidos como para atraer inversión industrial a gran escala.
Un salto enorme para los coches eléctricos y otros sistemas de transporte

Las implicaciones de esta tecnología van mucho más allá del laboratorio. En electrónica de consumo, permitiría fabricar portátiles mucho más ligeros o móviles más delgados sin sacrificar autonomía. En el corto plazo, los primeros usos comerciales podrían llegar en drones o herramientas portátiles, donde el peso es un factor crítico.
Pero donde realmente puede cambiar las reglas del juego es en el transporte. A largo plazo, el objetivo es integrar estas baterías directamente en el chasis de los coches eléctricos o en el fuselaje de los aviones. Menos peso estructural significa menos consumo energético y, por tanto, más eficiencia.
De hecho, el profesor Asp ya había adelantado que, según sus cálculos, un coche eléctrico podría aumentar su autonomía hasta un 70% si utilizara baterías estructurales competitivas frente a las actuales. No hablamos de añadir más capacidad, sino de aprovechar mejor cada kilo del vehículo.
Eso sí, antes de ver esta tecnología en la calle será necesario desarrollar normativas y estándares de seguridad específicos. Si ese marco regulatorio llega a tiempo, las baterías estructurales podrían aportar beneficios tanto ambientales como económicos, reduciendo el uso de materiales y mejorando de forma clara la eficiencia de los sistemas de transporte eléctricos.
Fuente | Chalmers


