
El “ovni” de los 0.9 litros a los 100 km: así es convivir con el rarísimo Volkswagen XL1
Hace 12 años podíamos ver por primera vez en vivo y en directo en Barcelona el Volkswagen XL1. Un prototipo que llegó a producción y cuya obsesión era el bajo peso y el bajo consumo. Algo que logró. Un proyecto más publicitario que real pero que llevó decenas de coches a las calles que hoy todavía circulan en manos de propietarios que comparten su experiencia.

La revista británica Autocar ha entrevistado a uno de los pocos propietarios que todavía tienen y usan en el día a día su Volkswagen XL1, y que nos detalla como es vivir con un prototipo hecho realidad.
Su dueño es David Power, y aparcado en la calle parece más un objeto llegado del espacio que un coche. Con una de sus puertas tipo ala de mariposa abierta, es imposible que pase desapercibido. Los viandantes se paran, miran, preguntan. Y David sonríe. Está claro que disfruta del espectáculo.
“Todo el mundo se queda mirándolo”, reconoce. No es para menos. Este pequeño coupé biplaza —con los ocupantes sentados de forma ligeramente descentrada— combina una silueta tipo streamliner de la vieja escuela con una tecnología que, incluso hoy, sigue pareciendo futurista.
El coche cuenta con un sistema híbrido enchufable diésel, una carrocería de fibra de carbono, cámaras en lugar de retrovisores y un coeficiente aerodinámico de solo 0,186, unas 2,5 veces mejor que el de un Volkswagen Golf moderno.

Bajo esa carrocería tan especial se esconde un motor diésel bicilíndrico de 800 cc y 46 CV, acompañado por un motor eléctrico de 26 CV. Sobre el papel no impresiona, pero el truco está en el peso: 795 kg. Con tan poca masa que mover, las cifras empiezan a tener sentido.
El Volkswagen XL1 nació a principios de los años 2000 como un proyecto experimental para reducir consumo y emisiones. La versión de producción, lanzada en 2013, homologaba 0,9 litros a los 100 km en modo combinado diésel-eléctrico, o 2,0 litros a los 100 km usando solo el motor térmico, con unas emisiones de apenas 21 g/km de CO₂. Todo ello formaba parte de la obsesión de Ferdinand Piëch, entonces presidente del grupo Volkswagen, por crear un coche capaz de recorrer 100 kilómetros con solo un litro de combustible.
David lo explica con claridad: “Fue un desarrollo de diez años y el sueño personal de Piëch”. El problema es que el XL1 llegó al mercado en el peor momento posible. El escándalo del diésel estalló justo cuando el coche se ponía a la venta. “Por un lado Volkswagen diseñando un diésel capaz de bajar de un litro a los 100 km y por otro haciendo trampas en las homologaciones… no quedaba muy bien”, recuerda.

Como fundador de Powerflex, una empresa especializada en componentes de suspensión, David siente una fascinación especial por la ingeniería del XL1. Aclara un punto importante: no es un simple extensor de autonomía. El motor diésel y el eléctrico, ambos situados en la parte trasera, pueden funcionar juntos o por separado. Con suficiente batería, el coche puede moverse solo en modo eléctrico, y cuando se pisa a fondo, ambos motores trabajan al unísono.
La famosa cifra de 0,9 litros a los 100 km se logra en ciclos donde se tira mucho de batería y poco de gasóleo. En viajes largos, la cosa cambia. “En uso real he conseguido alrededor de 1,9 litros a los 100 km, que sigue siendo una barbaridad”, comenta. El coche no tiene dirección asistida, pero tampoco la necesita. Es ligero, preciso y sorprendentemente ágil.
“Es una gozada de conducir y acelera con más alegría de lo que esperas”, dice David. “Lo que más me gusta es que se nota que es un Volkswagen de verdad. La carrocería es rígida, filtra bien los baches y la suspensión tiene recorrido y control”. Incluso los neumáticos parecen sacados de otra época: según él, son más estrechos que los de un Citroën 2CV.

Volkswagen fabricó solo 250 unidades del XL1, todas con volante a la izquierda, y no era precisamente un coche barato. Nuevo costaba alrededor de 115.000 euros, una cifra que ya dejaba claro que no era un modelo pensado para el gran público, sino casi un experimento rodante.
David compró el suyo de segunda mano hace seis meses, y no precisamente barato. “Estaba matriculado en 2016 y me costó unos 92.000 euros. Algo que nos dice que es un concepto que apenas ha perdido valor a pesar de los más de 10 años pasados desde su primera matriculación.
El coche apenas ha recorrido 9.700 kilómetros, y ni siquiera el mantenimiento es convencional. Para las revisiones tiene que volver a la central de Volkswagen de Reino Unido, en este caso, que se encarga incluso de recogerlo. “No hay casi nada que puedas hacer tú mismo”, admite. La última revisión le costó cerca de 2.000 euros, el pequeño peaje por tener algo tan exclusivo.
Aun así, no se plantea venderlo. “Es un coche para quedárselo”, afirma. Tiene otros clásicos, como un Citroën SM, pero no se sentiría cómodo haciendo viajes largos con él. Con el Volkswagen XL1 sí. Y de hecho, ya tiene planes para hacerlo.



