Francia se convirtió en el primer país del mundo en construir una gran carretera solar. Ahora sabemos por qué no fue una buena idea

Francia quiso convertir una carretera convencional en una enorme planta de energía solar; el proyecto Wattway prometía aprovechar una superficie ya construida sin ocupar nuevos terrenos; varios años después, los problemas de desgaste y mantenimiento obligaron a replantear por completo la tecnología

Francia se convirtió en el primer país del mundo en construir una gran carretera solar. Ahora sabemos por qué no fue una buena idea
Carretera solar

Publicado: 16/09/2026 10:30

7 min. lectura

En 2016, Francia presentó una idea que parecía salida del futuro: convertir una carretera convencional en una enorme superficie capaz de producir electricidad. El proyecto Wattway, cubrió un kilómetro de la carretera D5 en Tourouvre-au-Perche, en Normandía, con unos 2.800 m² de paneles fotovoltaicos. Para sorpresa de nadie, diez años después, aquellas placas han desaparecido y la carretera ha vuelto a ser convencional.

En la cabeza de los promotores la propuesta sonaba genial. En lugar de ocupar tejados, terrenos agrícolas o nuevos espacios naturales, se aprovechaba una superficie que ya estaba construida: la propia carretera. El objetivo inicial era ambicioso y llegó a plantearse la posibilidad de extender la tecnología hasta alcanzar 1.000 kilómetros de carreteras solares en Francia. Pero la realidad fue mucho más dura: el tráfico y de las condiciones meteorológicas terminaron demostrando que una carretera no se comporta precisamente como el tejado de una vivienda.

La instalación fue desarrollada por la empresa francesa Colas junto al Instituto Nacional de Energía Solar francés después de cinco años de investigación. Las placas Wattway incorporaban las celdas fotovoltaicas dentro de una estructura multicapa que se pegaba directamente sobre el asfalto. La compañía aseguraba que podían soportar el paso de todo tipo de vehículos, incluidos los camiones, mientras producían electricidad que posteriormente se enviaba a la red.

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La carretera fue inaugurada oficialmente el 22 de diciembre de 2016 y contaba con 2.880 módulos fotovoltaicos distribuidos sobre aproximadamente un kilómetro. Colas calculaba inicialmente una producción anual de unos 280.000 kWh, equivalente a unos 767-800 kWh diarios de media, con picos superiores durante los meses de mayor radiación solar.

El problema es que el coste de aquella solución estaba muy lejos del de una instalación solar convencional. El proyecto recibió unos 5 millones de euros de financiación pública, una cantidad considerable para apenas un kilómetro de carretera. Además, cada metro cuadrado tenía que cumplir simultáneamente dos funciones incompatibles en muchos aspectos: captar la mayor cantidad posible de luz y soportar continuamente el paso de coches, camiones y maquinaria agrícola.

El tráfico terminó demostrando las limitaciones

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Los problemas aparecieron mucho antes de lo esperado. Las placas comenzaron a deteriorarse, algunas se despegaron del asfalto y la capa protectora sufrió daños por el uso. La suciedad, las hojas y el polvo también reducían la cantidad de luz que llegaba a las celdas, mientras que la posición horizontal de los paneles era menos favorable que la de una instalación solar correctamente orientada e inclinada.

A esto se sumó un problema bastante más cotidiano: los coches tenían que circular encima de los paneles solares. El rozamiento de los neumáticos, las vibraciones, el peso de los vehículos y los cambios de temperatura sometían a la superficie a unas condiciones que un panel instalado en un tejado nunca tiene que soportar. El ruido generado por el paso de los vehículos llegó a ser otro inconveniente y la velocidad de circulación tuvo que limitarse a 70 km/h.

En menos de tres años fue necesario retirar los primeros 100 metros porque el estado de las placas hacía inviable su reparación. La instalación siguió evolucionando durante los años posteriores y Colas utilizó Tourouvre como laboratorio para probar nuevas generaciones de su tecnología, pero el gran proyecto de carretera solar que se había anunciado inicialmente nunca llegó a materializarse.

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Y tampoco funcionó como central eléctrica al nivel esperado. Durante el primer año completo de funcionamiento, la carretera produjo 149.459 kWh, bastante menos que las previsiones iniciales. La producción cayó posteriormente hasta 78.397 kWh en 2018 y alrededor de 37.900 kWh durante el primer semestre de 2019, según los datos recogidos durante el seguimiento del proyecto.

Los ingresos obtenidos por la venta de electricidad tampoco compensaban la enorme inversión inicial. Frente a los aproximadamente 10.500 euros anuales que se habían previsto, los ingresos fueron de unos 4.550 euros en 2017 y apenas 3.100 euros en 2018. La diferencia entre el coste de construcción y la energía realmente producida terminó convirtiéndose en uno de los principales argumentos contra este tipo de infraestructura.

La experiencia también dejó una conclusión bastante sencilla: tener miles de kilómetros de asfalto disponible no significa que esa superficie sea adecuada para instalar paneles solares. Una instalación convencional puede orientarse hacia el sol, mantenerse limpia y sustituirse con relativa facilidad. Una carretera, en cambio, tiene que estar preparada para soportar tráfico, lluvia, suciedad, temperaturas cambiantes y mantenimiento continuo.

El experimento terminó definitivamente en 2024. El desmontaje de las placas comenzó el 27 de mayo y el tramo fue rehabilitado para recuperar una carretera convencional. El propio Departamento del Orne confirmó que la experiencia había servido como banco de pruebas para desarrollar nuevas soluciones, mientras que Wattway defendió posteriormente que Tourouvre permitió detectar problemas y evolucionar su tecnología.

De hecho, Wattway no abandonó la tecnología fotovoltaica para superficies de movilidad, pero sí cambió claramente el enfoque. La empresa pasó a centrarse en aplicaciones de menor exigencia, como aparcamientos, aceras, pistas ciclistas y pequeños módulos capaces de alimentar cámaras, iluminación, paradas de autobús o cargadores para bicis eléctricas.

La idea original no era absurda: aprovechar infraestructuras existentes para generar electricidad sin ocupar nuevos terrenos tenía sentido. El problema estuvo en intentar convertir una carretera sometida a tráfico constante en una gigantesca planta solar. La experiencia de Tourouvre demostró que producir electricidad y soportar tráfico pesado son dos trabajos bastante diferentes, y que hacer ambas cosas sobre la misma superficie puede tener un coste demasiado elevado.

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