La paradoja energética china: renovables récord pero atados al carbón

China se ha convertido en el mayor impulsor mundial de las energías renovables, con un despliegue sin precedentes. Sin embargo, el carbón sigue siendo clave para garantizar la estabilidad de su sistema eléctrico y además es una enorme fuente de puestos de trabajo que no será nada fácil desmantelar.

La paradoja energética china: renovables récord pero atados al carbón

Publicado: 06/01/2026 11:00

9 min. lectura

Diez años después del Acuerdo de París, China se ha convertido en una especie de paradoja energética difícil de ignorar. Por un lado, es el mayor emisor de CO2 del planeta. Por otro, también es el mayor impulsor mundial de las energías renovables, con una capacidad de despliegue que no tiene rival. En 2025, el gigante asiático ha sido responsable de cerca del 60% de toda la nueva potencia solar instalada en el mundo, y está añadiendo más capacidad solar y eólica que el resto de países juntos.

Este doble papel sitúa a Pekín en el centro del debate climático global. Mientras presume de liderazgo tecnológico y de costes imbatibles en renovables, sigue dependiendo del carbón como red de seguridad para su sistema eléctrico. La pregunta es evidente: ¿puede China liderar de verdad la transición energética mundial sin soltar del todo el carbón?

Desde el propio Gobierno chino defienden que sí. Jiang Kejun, investigador del Instituto de Investigación Energética de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, asegura que el avance tecnológico chino en solar, eólica terrestre y marina, termosolar y nuclear es suficiente como para marcar el rumbo global. Según su visión, incluso sería posible limitar el calentamiento global a 1,5 grados usando tecnología desarrollada en China, siempre que el mundo actúe a tiempo.

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El mensaje oficial ha cambiado. Ya no se habla solo de una transición nacional, sino de una responsabilidad global, con China como proveedor clave de tecnología limpia. Y aquí es donde empiezan las diferencias con Europa.

La transición china no se basa en consumir menos energía, sino en producir más electricidad limpia para cubrir una demanda que no deja de crecer por la urbanización, la industria y la electrificación de la economía. Según Dave Jones, analista jefe del think tank energético Ember, casi todo el aumento de la demanda energética del país proviene de la electricidad, y prácticamente todo ese crecimiento reciente se ha cubierto con solar y eólica. El consumo de petróleo ya no crece, y el gas aumenta, pero sigue teniendo un peso limitado.

China no está sustituyendo de forma masiva los combustibles fósiles, sino evitando que crezcan. El resultado es que las emisiones se están estancando, pero no caen de forma clara. Aun así, el objetivo oficial sigue siendo que las emisiones de CO2 alcancen su pico antes de 2030. El problema es que, en un sistema eléctrico gigantesco, la estabilidad sigue mandando.

Energía barata y carbón como red de seguridad

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La estrategia china se apoya en una idea muy simple: electricidad lo más barata posible. Para lograrlo, el país está levantando enormes parques solares y eólicos en zonas poco pobladas como el desierto del Gobi, el Taklamakán o las extensas llanuras de Mongolia Interior. Desde allí, la electricidad viaja hacia el este gracias a líneas de transmisión de ultra alta tensión, un campo en el que China es líder mundial.

Los costes son clave. Según Jiang, con precios en torno a 0,6 yuanes por vatio para los módulos fotovoltaicos (unos 7 céntimos de euro al cambio) las empresas siguen siendo rentables. Para Pekín, las acusaciones occidentales de sobrecapacidad ya no tienen sentido en un contexto de emergencia climática. La energía solar china es tan barata que compite con los combustibles fósiles sin necesidad de subvenciones.

Dave Jones pone cifras al fenómeno: en países sin aranceles elevados, un panel solar chino cuesta entre 50 y 60 euros, y puede producir electricidad durante 20 o 30 años. Este desplome de precios explica por qué la solar china se está extendiendo también en países con menos recursos, donde el acceso a la electricidad sigue siendo limitado.

Sin embargo, el carbón sigue ahí. No para crecer, sino para garantizar el suministro. China sigue aprobando nuevas centrales térmicas, no como motor económico, sino como seguro frente a apagones en un país donde la estabilidad eléctrica es políticamente sensible.

La generación con carbón no aumenta, pero tampoco disminuye. El sistema absorbe enormes cantidades de solar y eólica, pero el carbón actúa como respaldo cuando cae la producción renovable o se dispara la demanda. Para ello, el país está invirtiendo en hacer sus centrales de carbón más flexibles, capaces de parar durante el día y dejar paso a la solar barata.

El verdadero reto no es construir menos centrales de carbón, sino cerrar las existentes. Pero mientras la demanda eléctrica siga creciendo, la salida rápida del carbón no está sobre la mesa.

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Producir mucha energía solar es solo la mitad del trabajo. La otra mitad consiste en integrarla en la red sin provocar inestabilidad. Aquí entran en juego dos factores clave: la flexibilidad del carbón y el almacenamiento energético, un campo donde China lleva ventaja.

La tecnología de baterías desarrollada por fabricantes chinos ha avanzado de forma notable, con precios que han caído hasta el punto de hacer rentable el almacenamiento. Esto permite que la solar deje de ser una fuente intermitente y pase a comportarse como electricidad gestionable.

China controla cerca del 80% de la cadena de suministro mundial de baterías, desde el procesado del litio hasta el reciclaje. Para los investigadores chinos, el almacenamiento ya no es una barrera técnica, ni siquiera a gran escala. Las tecnologías actuales permiten sostener sistemas solares masivos tanto en el Gobi como en otros desiertos del mundo.

Pero la ambición va más allá de la generación eléctrica. El objetivo es crear ecosistemas industriales completos alimentados por renovables baratas. En el futuro, un mismo parque industrial podría integrar solar, eólica, generación eléctrica, hidrógeno, amoniaco sintético o productos químicos, todo dentro de un sistema diseñado para funcionar al 100% con energía solar.

Este avance tecnológico no está exento de tensiones. En Europa y Estados Unidos crece la preocupación por la dependencia estratégica de la tecnología china. Pekín responde apelando a la urgencia climática. Para Jiang, convertir la transición energética en un conflicto geopolítico solo retrasa las soluciones.

Además, no todo es planificación estatal. Buena parte del crecimiento se explica por el mercado. Los fabricantes llevan paneles a nuevos países, aparecen por primera vez en las estanterías y la demanda crece de forma natural.

El futuro de la transición energética, coinciden los expertos, se juega en el Sur Global. La solar ofrece a muchos países la oportunidad de electrificarse sin pasar por décadas de dependencia del petróleo y el gas. Para ello, será clave desbloquear financiación y facilitar la transferencia de tecnología china a los países en desarrollo.

Quien controle las tecnologías renovables controlará también los sistemas energéticos del futuro. Y en ese tablero, China ya se ha colocado en una posición dominante.

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